Tenemos que compartir una noticia que nos llena de orgullo: Lydia Viñuela, directora de Vibar, viajó a Xalapa, Veracruz (México) para presentar una ponencia en el Congreso Internacional organizado por el IETPC (Instituto de Estudios The Ledger Psic&Crime), institución mexicana dedicada a la formación en psicología clínica, social, criminología y criminalística.

La ponencia se tituló Etiquétate: cuando nombrar el malestar empieza a organizar la conducta, y propuso algo que en Vibar llevamos tiempo trabajando: que etiquetarse no es simplemente un acto de nombrar, sino una conducta verbal con variables que la controlan y consecuencias que la mantienen.
El punto de partida: ¿qué pasa cuando alguien dice «tengo depresión»?
Cuando alguien dice eso, puede estar transmitiendo información, comunicando honestidad, pidiendo comprensión o mostrando valentía. Todas esas son lecturas válidas. Pero desde el análisis de conducta hay otra pregunta que hacer: ¿qué función cumple esa verbalización, en ese contexto, para esa persona?
La ponencia parte de aquí para plantear que etiquetarse es una conducta, y como tal tiene:
- Una dimensión verbal
- Variables que la controlan (comunidad verbal, historia de reforzamiento)
- Consecuencias sobre quien la emite y sobre quien la escucha
La falacia nominalista: cuando el nombre no explica nada
Uno de los ejes centrales de la presentación fue lo que Skinner llamó la falacia nominalista: la práctica de explicar una conducta apelando a un rasgo o categoría que, en realidad, se deriva de la propia conducta que pretende explicar.
“Las conductas que llamamos ‘histéricas’ o ‘neuróticas’ requieren análisis, no clasificación; el nombre no explica nada.” — Skinner, 1953
Decir que alguien procrastina porque «tiene TDAH» o que se pone nervioso en situaciones sociales porque «tiene ansiedad social» es circular: el diagnóstico no añade información explicativa, solo etiqueta una topografía. Lo que importa es identificar las variables que mantienen esa conducta.
¿Qué tipo de conducta verbal es una etiqueta?
La ponencia analizó las etiquetas diagnósticas desde la taxonomía skinneriana del comportamiento verbal:
Un tacto — cuando alguien dice «tengo depresión» en presencia de un estado de activación privado, la comunidad verbal refuerza esa respuesta si hay correspondencia con estímulos colaterales observables (aislamiento, llanto, bajo rendimiento). Pero la comunidad no puede verificar el evento privado directamente, lo que hace que el autoconocimiento verbal sea impreciso y socialmente moldeado.
Un mando — «soy TDAH» puede funcionar como un operante verbal reforzado por consecuencias específicas: ten paciencia conmigo, no me exijas tanto, ayúdame a organizarme. Nadie está hablando de malas intenciones. Pero la conducta de etiquetarse puede estar mantenida precisamente porque modifica el comportamiento de los demás.
Una intraverbal — muchas personas llegan a su etiqueta sin contacto directo con ninguna contingencia. Han aprendido cadenas verbales del tipo procrastinación → TDAH, sensibilidad al ruido → autismo, pensar mucho → ansiedad a través de redes sociales, conversaciones, tests de internet y narrativas identitarias.
Un autoclítico — añadir «tengo TDAH» a «ya sabes cómo soy con los horarios» cambia radicalmente cómo lo interpreta el oyente: de «qué pasota» a «típico, esperable, involuntario». La etiqueta matiza, ordena y da coherencia narrativa a la conducta.
Una regla verbal — «si tengo TDAH no puedo organizarme», «si tengo ansiedad no puedo ir». Estas reglas generan conductas de evitación que alejan a la persona de objetivos que sí desearía alcanzar. Y lo hacen sin necesidad de que la persona haya aprendido esa relación por experiencia directa.
El problema no es etiquetar. Es la etiqueta.
La ponencia dejó claro que el problema no reside en el acto de etiquetar en sí mismo, sino en el contenido específico de ciertas etiquetas y en cómo han sido «socialmente completadas».
Una etiqueta de baja carga funcional (como «rubia») define una clase acotada, no genera reglas de evitación y no se convierte en identidad. Una etiqueta de alta carga funcional (como «TDAH») activa toda una red de consecuencias: se vuelve identitaria, genera reglas de evitación y amplía la clase de conductas a las que se aplica.
Los problemas del etiquetado diagnóstico documentados en la literatura incluyen: profecía autocumplida, estigma social, reglas y control rígido, medicalización del sufrimiento, reducción de la agencia y el riesgo de que el propio clínico se convierta en mantenedor del patrón — si refuerza la etiqueta en lugar de redirigir hacia el análisis funcional.
Las redes sociales como comunidad verbal
Un bloque de la ponencia se centró en cómo las redes sociales funcionan como una comunidad verbal que selecciona y amplifica el contenido diagnóstico.
El like actúa como reforzador condicionado en un programa de razón variable — el más resistente a la extinción. Publicaciones sobre etiquetas diagnósticas reciben sistemáticamente más likes, más comentarios y más alcance que publicaciones sobre contingencias o análisis funcional. Ese reforzamiento diferencial selecciona el contenido diagnóstico sobre cualquier otro.
El resultado es un ciclo: el divulgador entrena a su audiencia en el uso de etiquetas, la audiencia refuerza ese entrenamiento con engagement, el divulgador produce más contenido sobre etiquetas. La conducta del divulgador no se explica por sus intenciones, sino por sus consecuencias.
El algoritmo agrava esto creando cámaras de eco que reducen el contacto con comunidades verbales alternativas — y cuando esas alternativas aparecen, generan conductas de escape.

¿Y cuando el consultante ya llega etiquetado?
Las implicaciones clínicas de todo esto son directas. Lydia propuso tres principios:
- No atacar la etiqueta — hacerlo activa defensas y cierra la conversación.
- Vigilar la propia conducta verbal como clínico y como divulgador.
- Redigir desde la topografía hacia la función — pasar de «tengo X» a «¿qué ocurre, cuándo ocurre, qué lo mantiene y qué función cumple?»
Por qué esto importa
Esta ponencia conecta directamente con la forma en que trabajamos en Vibar. No usamos etiquetas diagnósticas como punto de partida del trabajo terapéutico, porque sabemos que la etiqueta no explica la conducta — solo la nombra. Lo que necesitamos es el análisis funcional: entender qué está pasando, en qué contexto y qué lo mantiene.
Y en un entorno donde las redes sociales funcionan como una máquina de producción de etiquetas que se autorefuerza, creemos que este análisis no solo es relevante en consulta. Es relevante para cualquiera que quiera entender qué le está pasando — sin quedarse atrapado en un nombre.